Juan Carlos Díaz Lorenzo

Uno de mis amigos más entrañables, Antonio Manuel Díaz Rodríguez, acaba de emprender viaje a la eternidad bajo la luna de febrero. Se fue con la elegancia que siempre le caracterizó. Con sus blancas sienes y su inmensa sabiduría. Con su afectividad y su respetuosidad, su honradez y el sentido amplio y generoso de la amistad bien entendida, plena de coherencia y de humildad.

Se ha ido un personaje destacado de la historia contemporánea de La Palma y lo hizo sin rencores. Infatigable e indomable, consecuente con sus ideas, compendio de cualidades que son enseñanzas y profesor de fecundo magisterio como reconocen, emocionados, quienes fueron sus alumnos.

Amante incondicional de la naturaleza, senderista de largas caminatas por los vericuetos casi infinitos de la isla en unión de su incondicional amigo Agustín Rodríguez Fariña y siempre comprometido con la conservación y la mejor difusión del patrimonio natural y cultural de La Palma.

Una amistad de algo más de tres décadas, iniciada cuando quien suscribe daba sus primeros pasos en el periodismo. Nos conocimos en el Consulado de Venezuela en Santa Cruz de La Palma, cuyo escudo y bandera presidía la puerta principal de la Casa Rodríguez Acosta, en la calle Real, emblemática sede de la empresa fundada por su abuelo. Conocí a sus padres y a su esposa, Blanca, quien también nos dejó hace algo más de dos años. 

Las circunstancias hicieron que fuera testigo presencial de la visita a La Palma del ex presidente Rafael Caldera y de la imposición de condecoraciones a su padre, Diógenes Díaz Cabrera y a su persona, como reconocimiento no sólo a la labor realizada en la representación consular, sino a las muchas vicisitudes sufridas en los años más duros de la represión franquista. Tales honores habían sido propuestos, con toda justicia, por el cónsul general de Venezuela en Canarias, Jesús Enrique Márquez Moreno, sin duda el mejor diplomático que ha tenido el país hermano en nuestras islas. Etapa recogida y bien detallada en las páginas del libro titulado Once cárceles y destierro, escrito por su padre, que nunca se arrepintió de ser masón.

Nuestro primer encuentro. Entrevista en el Consulado de Venezuela en La Palma

Antonio Manuel, de perfil (derecha), con Rafael Caldera, Jesús Márquez y otras autoridades, en la calle Real de Santa Cruz de La Palma

Antonio Manuel Díaz Rodríguez, rodeado de pastores garafianos, su gran defensa y uno de sus grandes éxitos

El nombre de Antonio Manuel está asociado a la historia de la democracia en La Palma. Perteneció a la primera corporación insular como consejero de Agricultura y compartió inquietudes con Gregorio Guadalupe y sus compañeros imbuidos por la idea grande de lograr una isla mejor. También fue elegido concejal del Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma, y en ambos cargos puso de manifiesto sus valores incondicionales: decencia, orden, respeto y sentido del deber, haciendo honor así a la saga de buenos políticos que ha tenido la isla, impregnado de altura de miras, buen y bien hacer y amor incondicional por su tierra.

Antonio Manuel sentía especial predilección por la comarca de Garafía -donde se encuentra la esencia de La Palma, como le gustaba decir- en la que fomentó la crianza del cochino negro, la oveja y la vaca palmera, el centro de testaje de ganado caprino y, en los últimos años, la defensa del perro pastor garafiano, que tiene continuidad e identidad nacional. Un buen día recibió la Medalla de Oro de la Villa de Garafía, merecido homenaje y reconocimiento a su ingente labor. Entonces no pude asistir y me adherí al acto mediante una carta que el homenajeado agradeció y recuerdo sus palabras al otro lado del teléfono: “Exageras en tus palabras, eso lo dices por la amistad que nos une”.

Antonio Manuel acompañó a Juan Julio Fernández y a quien suscribe en el extenso trabajo de campo previo a la publicación del libro Arquitectura rural en La Palma (1999) y los tres compartimos coautoría en otro libro titulado Santa Cruz de La Palma en blanco y negro (2000). Fotos de su archivo de los volcanes de San Juan y Teneguía figuran en mis libros dedicados a estos temas: El volcán de San Juan (2000), El volcán de Teneguía (2001) y Los volcanes de La Palma (2008). Precisamente, las primeras imágenes que se conocen de la erupción del último volcán de La Palma fueron tomadas en diapositivas por él, en la tarde del 26 de octubre de 1971.

Poco más de ocho décadas de vida terrenal que finalizaron el pasado 18 de febrero, a la  edad de 81 años y después de una larga enfermedad, de la que era plenamente consciente. Nació en 1929 en Santa Cruz de La Palma y aunque comenzó los estudios de Farmacia, cambió a Comercio para ocuparse en mejores condiciones de las empresas familiares. Desempeñó la docencia a partir de 1957, en la Academia Insular de Magisterio y Comercio y después en el Instituto “Virgen de las Nieves”. 

De su largo devenir en apoyo de la mejor forja de la sociedad y la cultura palmera hay que destacar las etapas en las que presidió la Cámara Agraria Insular, la Sociedad La Cosmológica –en la que fue velado de cuerpo presente, como tributo de honor y gratitud-, el Patronato Insular de Espacios Naturales y la Asociación Ecologista Junonia Maior.

En sus últimos años, Antonio Manuel impulsó la búsqueda de los desaparecidos durante la guerra civil. El destino quiso que el mismo día en que su cuerpo se convertía en ceniza, recibían sepultura en el cementerio de Fuencaliente los restos de siete de los asesinados por el odio del franquismo encontrados en las excavaciones en las fosas próximas al Pino Consuelo.

Desde la tolerancia y también desde el rigor y el sentimiento de quien sufrió en propia carne la represión y la persecución en los días tristes de la guerra civil y la dura posguerra vivida en la isla, y vigilado cuando vino a estudiar a Tenerife, Antonio Manuel se mostró sereno e íntegro, rebelde y desconfiado, de modo que jamás pudieron doblegarle. Y no por ello perdió su esencia, ni su mejor sonrisa, ni su mejor quehacer, como tampoco sus ganas de vivir, como lo acreditó a lo largo de su fructífera vida.

¡Gracias, Antonio Manuel!. Gracias, amigo de días felices, de desvelos y de inquietudes. Aunque me apena tu partida, también me siento feliz y emocionado de haberte conocido y compartido contigo una amistad entrañable, plena de afecto, de sentido y de respeto. De haber aprendido y conocido de ti tantas vivencias que jalonan 35 años de nuestras vidas. ¡Un abrazo y hasta siempre!

Fotos: Archivo de Juan Carlos Díaz Lorenzo y La Voz de La Palma 

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